¿Por qué alguien querría albergar los Juegos Olímpicos?

Bajo los triunfantes gritos de “banzai”, el 7 de Septiembre se anunció que Tokio sería la anfitriona de los Juegos Olímpicos del 2020. La ciudad se defendió de la no especialmente dura competencia de Madrid, cuyas oportunidades se vieron dañadas por la enfermiza economía española; y de Estambul, con una imagen empañada después de que su policía se haya pasado el verano practicando “los 100 metros relevo de porra”. No ha sido la campaña más fuerte de ciudades candidatas en la historia Olímpica. Pero el concurso ha demostrado hasta dónde un país está dispuesto a ir para tener el privilegio de albergar la mayor celebración deportiva del mundo.Todos, Shinzo Abe, Mariano Rajoy y Recep Tayyip Erdogan volaron a Buenos Aires, donde el Comité Olímpico Internacional (COI) estaba llevando a cabo la votación para hacer el alegato oficial para sus respectivos países. Tokio había ya hecho, de forma infructuosa, campaña para albergar los juegos del 2016; Madrid había hecho campaña para ambos, los juegos del 2012 y del 2016. La pobre Estambul ha sido ya rechazada cinco veces. ¿Por qué estas ciudades tienen tantas ganas de albergar unos Juegos Olímpicos?

Según puede parecer, celebrar la mayor fiesta del mundo – y pagar por ella – no es especialmente atractivo. El coste solía ser bastante modesto: Los Juegos Olímpicos de 1948 en Londres costaron 732.268 libras o en dinero de hoy en día unos 20 millones de libras (casi 24 millones de euros). En la actualidad, organizar los juegos es un negocio totalmente diferente. Los juegos de Pekín en 2008, los más caros de la historia, se estima que costaron 40.000 millones de dólares. Es muy probable que esa cifra quede eclipsada por los Juegos Olímpicos de invierno de Sochi en año que viene, que ya van camino de costar 50.000 millones de dólares. El turismo puede ayudar a contrarrestar los gatos, pero un aumento de llegadas no está garantizado. Pekín vio cómo disminuían las reservas hoteleras durante sus juegos de verano. Y la oportunidad de arreglar una ciudad en ocasiones termina creando monstruosidades en su lugar. Algunos de los nuevos y costosos estadios de Grecia ahora tienen un aspecto tan en decadencia como el Partenón (y tiene menos visitantes).

La principal razón por la que las ciudades quieren organizar los Juegos Olímpicos, es que, quizás en contra de todo pronóstico, son muy populares entre los votantes que pagan la factura. El COI supo que el apoyo popular para la organización de los juegos era del 70% en Tokyo, el 76% en Madrid y el 83% en Estambul. Los londinenses, a veces un puñado de cínicos, estaban a favor de los juegos del 2012 a pesar de la disconformidad de algunas partes (incluido este periódico, quien recomendaba dejárselos a París). Al final del año pasado, cuando la multitud se marchó, 8 de cada 10 dijeron que había merecido la pena el extraordinario coste incluso cuando los recortes en los servicios públicos empezaban a hacer mella. Dejando la popularidad a un lado, las apuestas olímpicas a menudo tienen otros propósitos. Los juegos de Pekín tenían la intención de mostrar el poder de económico y organizativo de China. Los juegos de Londres sirvieron como vehículo para devolver la vida a una parte pobre de la ciudad a una velocidad que desafía los presupuestos normales y las normas de urbanización. Tokio espera que los juegos del 2020 puedan impulsar la mediocre economía japonesa.

Es un juego muy arriesgado. Los Juegos de Río del 2016 tuvieron un apoyo local muy fuerte durante el proceso de selección, pero desde entonces se han convertido en el objetivo de los que protestan en contra de los despilfarros del gobierno (también se han enfurecido contra la Copa del Mundo, que Brasil organizará el próximo año). Los políticos pueden salir mal parados quedando ridículos, o peor. Las Olimpiadas de 1968 en México se recuerdan tanto por la masacre en una protesta de estudiantes diez días antes de que empezaran los juegos como por los eventos deportivos en sí mismos. Incluso si las cosas van bien, el intervalo de siete años entre competir por organizar los Juegos hasta albergarlos implica que los políticos que guiaron la candidatura es muy improbable que no estén cuando comience la diversión. El gobierno y alcalde laborista que ayudaron a que Inglaterra ganará  se habían ido hacía tiempo cuando llegó el 2012. Luiz Inácio Lula da Silva ya no es el presidente de Brasil (aunque algunos se preguntan si puede intentar regresar). Shinzo Abe no se enfrenta a ningún límite de tiempo como Primer Ministro de Japón, así que en teoría, podría estar para inaugurar los Juegos de Tokio en el 2020. Más probablemente otro estará allí para llevarse el reconocimiento – o la culpa.

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