El experimento marshmallow

No hemos comido el Malvavisco, el Malvavisco nos ha devorado

Durante una serie de famosas pruebas realizadas en las décadas de 1960 y 1970 por el psicólogo Walter Mischel, de la Universidad de Stanford, se les invitó a niños de preescolar a esperar solos en una habitación que contaba solo con un pequeño escritorio. Sobre el escritorio reposaban dos malvaviscos – o dulces igualmente tentadores – (*consultar nota de traducción) y una campanilla. El investigador le decía a cada niño que él debía irse, pero le prometía que a su regreso podría comer ambos malvaviscos. Sin embargo, si deseaba degustar un malvavisco antes de ese momento, podía hacer sonar la campanilla y comer uno, pero no ambos. Entonces el investigador cerraba la puerta y el pequeño quedaba solo con los malvaviscos prohibidos.

Algunos niños devoraban rápidamente un malvavisco antes de cumplirse el primer minuto desde que la puerta se cerraba, mientras que otros recurrían a cubrirse los ojos, cantar o a patear el escritorio para distraerse. Un ingenioso pequeño de algún modo se las arregló para tomar una siesta. Pero aquí llega la parte que hizo famoso a este experimento: los estudios de seguimiento posteriores revelaron que, años más tarde, los niños que habían resistido la tentación no sólo eran más delgados y estaban mejor adaptados a la sociedad que los niños menos pacientes, sino que también obtenían 210 puntos más en los exámenes SAT. Creo que hablo en nombre de miles de estadounidenses cuando digo que la primera vez que leí sobre el estudio del malvavisco de Mischel –en el best seller de Daniel Goleman, “Inteligencia Emocional”- me imaginé a mí mismo a los 4 años frente a ese fatídico malvavisco.

El relato de los malvaviscos, tal como se presenta en el libro de Goleman, parece una parábola calvinista en la era de la ciencia. ¿Me pregunto si acaso fui uno de los elegidos, un niño bendecido con la fortaleza moral para resistir la tentación? ¿O estaba condenado desde la edad de 4 años a una vida impulsada por la glotonería?Claramente no fui el único que reaccionó así. Busquen “experimento del malvavisco” en YouTube y encontrarán páginas y páginas de versiones caseras de la prueba en las que los niños de 4 años se esfuerzan por no comer el malvavisco. Asimismo, este estudio ha sido tema de las charlas de la organización TED; el periódico The New Yorker publicó un extenso artículo sobre él; y Radiolab le dedicó una transmisión. Si dudan de la ubicuidad del estudio de Mischel, hagan este simple experimento: coloquen algunos expertos en políticas sociales en una habitación y pregúntenles acerca de la fuerza de voluntad de las personas, y luego tomen el tiempo que pasa antes que alguno mencione a los niños de 4 años y a los malvaviscos. Apuesto a que no tendrán que esperar más de un minuto o dos.

El estudio del malvavisco ha capturado la imaginación del público porque es una historia graciosa, fácil de contar, y que parece reducir las complejas preguntas sociales y psicológicas sobre por qué algunos triunfan en la vida a una simple, sino antigua, consigna: el carácter es destino. Excepto que, en este caso, la consigna no proviene de un filósofo griego como Heráclito o de un ministro que predica que “la paciencia es virtud”, sino de la ciencia, la religión popular más moderna. Pero la ciencia no es ni religión ni filosofía: es ciencia. Y, en este caso, aunque los experimentos de Mischel fueron notables, las estimaciones que derivamos de ellos dejan mucho lugar para el escepticismo. Los estudios originales de Mischel se focalizaron en 653 niños, todos ellos estudiantes de Bing Nursery School, en el campus de la Universidad de Stanford, a la que asistían los hijos de los profesores y de los graduados.

En principio, el diseño original del estudio no contemplaba la observación de los resultados a largo plazo; esa idea se le ocurrió más tarde a Mischel recién cuando les preguntó a sus propios hijos, quienes estudiaron en Bing School, por el desempeño de los otros niños analizados durante la investigación a medida que pasaban los años. Así que para los estudios de seguimiento posteriores realizados en la década de 1980, Mischel y sus colegas lograron reunir a 185 de los niños originales, 94 de los cuales estaban dispuestos a mostrar sus notas obtenidas en los exámenes SAT. Mischel, hoy profesor en Columbia, continúa con el seguimiento de ese grupo. Asimismo, en 2011 un pequeño número de los sujetos de ese grupo (que ahora rondan los 40 años) participó en un estudio de imagen cerebral, el cual mostraba la diferencia en cuanto la actividad cerebral entre aquellos que pudieron retardar su gratificación y aquellos que no pudieron hacerlo. Pero la forma en que nuestros cerebros trabajan es solo uno de los tantos factores que determinan las decisiones que tomamos. Justamente, un estudio conducido por investigadores de la Universidad de Rochester el año pasado cuestionó las conclusiones de las pruebas de Stanford. De esta manera, se demostró que era probable que algunos niños comieran el primer malvavisco cuando tenían razones para dudar de que el investigador volviera con un segundo malvavisco, tal como lo había prometido.

En este estudio, publicado en enero de 2013 en la revista Cognition bajo el delicioso título “Bocadillos Racionados”, Celeste Kidd, Holly Palmeri y Richard N. Aslin explicaron que para un niño criado en un ambiente inestable, “los únicos dulces garantizados son aquellos que ya degustaron”; sin embargo, un niño criado en un ambiente más estable, en donde es rutinario hacer promesas, estaría más dispuesto a esperar unos minutos con la confianza de que le darán el segundo dulce. Así que tal vez, después de todo, no soy culpable por los cambios de carrera que hice a los 20 y 30 años. Tal vez mi madre simplemente no era lo suficientemente confiable cuando era niño. Tal vez robo cucharadas de helado después de que mi esposa se vaya a dormir porque aún estoy reproduciendo la dolorosa experiencia de perder aquellos dulces que en la infancia consideraba míos con todo derecho. O –y con esto me estoy aventurando- tal vez pongo mucha fe en el poder de un simple experimento de ciencias sociales para explicar la complejidad del comportamiento humano. Esto no significa que el estudio del malvavisco levante sospechas sobre la ciencia. Nada más lejano. Las correlaciones que los investigadores encontraron tienen un importante significado estadístico, cuando no avasallante.

Pero aún el ensayo que marcó un hito en 1990 y citado por Goleman en “Inteligencia Emocional” advierte contra las suposiciones exageradas sobre sus resultados. Y, por supuesto, correlación no equivale a causalidad; por eso, mientras que es posible que aquellos que obedientemente esperaron por el segundo malvavisco tengan más éxito luego en la vida, eso no significa que ellos posean una cualidad inherente que los haga menos proclives a la tentación, lo que constituye el dato más común que se sustrae de las conclusiones de Mischel. Como sugiere el estudio de la Universidad de Rochester, algunos niños podrían haberse rendido simplemente porque no creían que el investigador les daría un segundo dulce. O podría ser que algunos estuvieron realmente hambrientos todo el día. Si estos detalles se pierden a medida que el estudio entra en la conciencia colectiva, las conclusiones de Mischel pueden también ofrecer algunas pistas sobre por qué encontramos este experimento tan atractivo a nivel intelectual. Cuando comenzó a entregar malvaviscos a los pequeños de 4 años, Mischel quería entender cómo algunos lograban retardar la gratificación mientras que otros no, y también si podemos enseñar a retardar más esa gratificación.

Lo que él descubrió es que si los investigadores les entregaban a los niños herramientas para distraerse del estímulo “caliente” del malvavisco (su rico sabor) y les ayudaban a focalizarse en una idea más “fría” y abstracta, ellos podían esperar más tiempo. Por supuesto, algunos niños ingeniaban sus propias distracciones. Pateaban la mesa, cantaban canciones o se volteaban. Pero Mischel entendió que cuando los investigadores alentaban a los niños a pensar en el malvavisco como si fuera una nube blanca o una bola de algodón, eran menos proclives a llevárselo a sus bocas antes de que el adulto regresara. Pero el estudio del malvavisco es un clásico estímulo “caliente” en sí mismo. Si en realidad se pudiera sentar a un niño, entregarle un malvavisco y 15 minutos después predecir su nota en un examen SAT –bueno, piensen en todo el dinero que podrían ahorrar en escuelas privadas y en preparación para los exámenes. Así expuesta, esta proposición parece absurda; sin embargo, la noción de que poseemos un interruptor interno que determina el curso de nuestras vidas es tan seductora que resulta difícil distraernos con estas advertencias.

Resulta difícil resistirnos a extrapolar en exceso a partir de un estudio que tomó como sujetos a un grupo de hijos de académicos relativamente homogéneo. Resulta difícil recordar que, aunque el estudio del malvavisco y otros similares fuesen completamente acertados y reproducibles a lo largo de una extensa parte de la población, la capacidad de resistir la tentación es un factor presente en muchos que da forma a nuestras vidas. La fuerza de voluntad tiene cierto límite en los niños que enfrentan inestabilidad en sus hogares, pobre salud física o déficit intelectual. Esto es importante porque la manera en que pensamos sobre la fuerza de voluntad acarrea enormes consecuencias respecto de las políticas sociales y educacionales. Si fuese verdad que el hecho de resistir la tentación a los 4 años predice mejores resultados en la vida de un niño de manera acertada, y si pudiésemos entrenar a nuestros hijos para que resistan mejor la tentación, entonces podríamos cortar el nudo gordiano que separa a los alumnos de bajo rendimiento de sus demás compañeros tanto en el aula como posiblemente también en otros ámbitos de sus vidas: dietas, adicciones o éxito conyugal.

En efecto, los científicos y educadores sociales trabajan para aplicar las lecciones del estudio y sus ramificaciones a las condiciones de la realidad de un aula. Por ejemplo, la psicóloga Angela Duckworth, ex colega de Michel y ganadora de la beca de la Fundación MacArthur en 2013, trabaja con escuelas, incluidas las escuelas semiautónomas ubicadas en el Harlem y en el Bronx y a las cuales asisten en su mayoría niños de ascendencia afroamericana y latina, a fin de ayudar a los maestros a evaluar y enseñar ciertas cualidades como el valor y la tenacidad. Admiro el trabajo de Duckworth, y aplaudo la labor de cualquier científico social que busca la forma de mejorar la vida de los niños menos privilegiados. Sin embargo, sus esfuerzos no me dan respiro, no porque dude sobre su sinceridad o porque crea que su ciencia tiene fallas, sino porque dudo sobre nuestra capacidad para absorber completamente la complejidad de sus conclusiones.

La extensa literatura publicada por colegas de Mischel y que analiza los estudios originales del malvavisco rebosa de fórmulas estadísticas complejas complementadas con salvedades y notas al pie de índole preventiva. Pero lo que el público ve no es eso, sino todos esos tiernos videos en YouTube de niños que cantan para distraer su atención y no comer el malvavisco prohibido. Lo que el público escucha es la lección que expresa el motivante orador Joachim de Posada en una charla TED titulada “¡No Comas el Malvavisco!”: de que los experimentos de Mischel demuestran que un niño que esperó por el segundo malvavisco “ya a los cuatro años entendía el principio más importante del éxito, es decir, la capacidad para retardar la gratificación –la autodisciplina”. Y aquí nos enfrentamos nuevamente al estímulo “caliente”.

El mundo real es una fantástica complejidad con miles de factores, algunos pequeños y otros enormes, que actúan sobre nosotros todos los días. ¿Estuve navegando a la deriva a los 20 años porque carecía del temperamento para fijar una meta o simplemente estuve evaluando mis opciones hasta que descubrí lo que quería hacer con mi vida? ¿Los niños abandonan la escuela porque no poseen valor y tenacidad o porque toman la decisión racional de que, gracias al racismo institucional y el desempleo endémico en sus comunidades, la escolaridad no vale el esfuerzo? Cualquiera de estas alternativas puede ser correcta. O ninguna. O ambas. Pero eso no es lo que queremos oír.

Queremos gratificarnos de manera instantánea con una respuesta fácil. Queremos escuchar que las cualidades de nuestro carácter pueden enseñarse de la misma manera en que se enseña álgebra o geometría, y que si se puede resistir a un malvavisco a los 4 años, se posee el secreto de una vida exitosa. Queremos que el mundo sea un gran malvavisco esponjoso, y queremos devorarlo. Queremos comer el primer malvavisco, pero que también nos den el segundo.

Nota de la revisión de la traducción: Aunque el malvavisco es una traducción correcta del término “marshmallow”, en España se utiliza más comúnmente “nube de golosina”.

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