Los mejores y más brillantes: sólo unos pocos países están enseñando a los niños a pensar

La compañía Bama ha elaborado tartas y galletas desde los años 20 en el estado de Oklahoma. Pero ahora, a la compañía le está costando encontrar “Okies” (gentilicio popular de las personas nacidas en el estado de Oklahoma) con las habilidades necesarias para los puestos vacantes, incluso los más básicos en la fábrica. Estos puestos necesitan trabajadores capaces de pensar de forma crítica, pero los licenciados de las universidades locales en ocasiones no son capaces de leer o hacer simples operaciones matemáticas. Ésta es una de las razones por las que la empresa ha decidido abrir una nueva fábrica en Polonia – la primera en Europa. “Hemos escuchado que abunda la gente educada” explica Paula Marshall, jefa de Bama.

Polonia ha obtenido importantes mejoras en educación en la pasada década. Antes del año 2000 sólo la mitad de los adultos que vivian en zonas rurales habían terminado la escuela primaria. Pero ahora los rankings internacionales ponen a los estudiantes del país muy por delante de los americanos en ciencias y matemáticas (los principales vaticinadores de las ganancias económicas en el futuro) a pesar de que Polonia gasta menos dinero por estudiante. ¿Qué es lo que está haciendo bien? ¿Y qué está haciendo mal Estados Unidos? La periodista estadounidense Amanda Ripley busca la respuesta a esta pregunta en “The Smartest Kids in the World” (Los chicos más listos del mundo), su nuevo libro sobre cómo funcionan las escuelas en todo el planeta.

Aunque los sombríos resultados en materia de educación de los Estados Unidos en este libro son un varapalo, el país no fracasa en solitario en la tarea de enseñar a sus pequeños cómo pensar de forma crítica. Al menos, ésta es la visión de Andreas Schleicher, el “científico educacional” detrás de lo que se conoce como El Informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes o Informe PISA. Si la gran parte de los exámenes cuantifican la habilidad de los estudiantes para memorizar cierto material, éste busca evaluar su eficacia en la resolución de problemas. Desde el año 2000 ha sido realizado por millones de adolescentes en más de 40 países con sorprendentes resultados. Los alumnos de Finlandia, Corea, Japón y Canadá de forma constante obtienen puntuaciones mucho más altas que los alumnos de Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos o Francia. Las típicas explicaciones para estos logros como riqueza, privilegios o raza, no pueden aplicarse.

Para entender lo que ocurría en esas clases, Ripley acompañó a tres adolescentes estadounidenses durante un año como alumnos de intercambio en Finlandia, Polonia y Corea del Sur. Sus observaciones constituyen una lectura convincente. En cada país, los estadounidenses se sorprendieron de lo duro que trabajaban sus compañeros y la seriedad con la que se tomaban sus estudios. Las clases de matemáticas eran más sofisticadas, con lecciones que mostraban las fascinantes formas en las que la geometría, la trigonometría y el cálculo trabajan de forma conjunta en el mundo real. Los estudiantes no utilizaban calculadoras, ya que habían aprendido a manipular los números en sus cabezas. Las clases, en general, solían ser bastante austeras y no contaban con los aparatos de alta tecnología que tenían en los colegios de su país. Y los profesores de todas las asignaturas tenían la autoridad y el prestigio de grandes figuras en su campo.

Ripley atribuye el rápido cambio de Polonia a Miroslaw Handke, antiguo ministro de educación. Cuando ocupó el puesto en 1997, la economía del país estaba creciendo pero los polacos parecían destinados a ocupar puestos de trabajo poco cualificado que otros europeos no querían. Así que lanzó un programa de reformas épicas, con un nuevo plan de estudios central y pruebas estandarizadas. Aunque quizás su cambio más efectivo fue también el menos preciso: esperaba que sus alumnos dieran lo mejor de sí. Tomó la decisión de mantener a los alumnos polacos en la misma escuela hasta que tuvieran 16 años, retrasando el momento de entrada a los estudios de formación profesional. La subida de Polonia en los rankings de PISA  es el resultado de las amplias puntuaciones que obtienen estos estudiantes de estudios no superiores.

Ésta es una lección que la periodista Ripley ha visto en todo su tour por los “países de los niños listos”. Los niños tienen éxito en las clases en las que se espera que lo tengan. Las escuelas funcionan mejor cuando tienen una misión clara: ser lugares que ayudan a los estudiantes a dominar el complejo material académico (y no lugares dedicados a la excelencia en deporte, se apresura a decir). Cuando los profesores exigen un trabajo riguroso, los estudiantes suelen estar a la altura de las circunstancias, mientras que colocar a los estudiantes en diferentes niveles cognitivos suele “disminuir el aprendizaje y aumentar las desigualdades”. Las bajas expectativas son a menudo, recompensadas.

En Helsinki, Ripley visitó un escuela en una parte sombría de la ciudad, donde las clases están llenas de inmigrantes refugiados. “No quiero pensar demasiado en sus experiencias pasadas” dice su profesora, cautelosa de dejar que su empatía personal pudiera nublar la valoración del trabajo de sus estudiantes. “Tu cerebro es lo que cuenta”. La periodista se maravilla con lo refrescante que es este punto de vista en comparación con los profesores en Estados Unidos, donde la mediocridad en los estudios se suele achacar a la historia personal de los alumnos o a los barrios en los que viven. Y se lamenta de que “esta comparación perversa” impida a los profesores estadounidenses suspender a sus malos alumnos, entre otras cosas porque esto hace que los jóvenes fracasen más estrepitosamente en el futuro.

No todas las historias de éxitos académicos son felices. En Corea del Sur, Ripley se encuentra con una “cultura de masoquismo educativo” en la que los alumnos están estudiando a todas las horas con el objetivo de asegurarse una plaza en una de las tres prestigiosas universidades del país. Puede que el país tenga una de las tasas más altas de graduados en el mundo, pero sus niños parecen estar tristes. Incluso así, Corea del Sur ofrece buenas lecciones de cómo de rápido un país puede llegar a cambiar su destino. Ampliamente anafalfabeto en los años 50, ahora es una “meritocracia extrema”.

Los colegios estadounidenses no quedan bien este libro. En comparación con estos ejemplos de logros académicos, los caros errores del país se ven aún más tontos. Por ejemplo, a diferencia de las escuelas en Finlandia, que destinan más recursos a los niños con mayores necesidades, Estados Unidos invertierte en sus escuelas a través de impuestos a la propiedad, asegurándose de que los estudiantes menos favorecidos van juntos a las peores escuelas.

Ripley reúne en un libro pequeño una abundante cantidad de entendimiento. Se da cuenta de que tanto Finlandia, Polonia y Corea del Sur han experimentado momentos de crisis – económica y existencial- antes de ponerse a trabajar y cambiar su historia. Estados Unidos, comenta, puede llegar pronto a un punto similar. Cita el último ránking de competitividad global elaborado por el Foro Económico Mundial, que situaba a Estados Unidos séptima, bajando por tercer año consecutivo. Mientras tanto, Finlandia, el pequeño y remoto país nórdico con pocos recursos ha estado escalando posiciones poco a poco, y ahora se sitúa cómodamente en tercer lugar.

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